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El Papa y los musulmanes

Zouhir Louassini. AFKAR / IDEAS nº 54 – Verano 2017

 

La máxima autoridad católica deja las puertas abiertas a los musulmanes moderados, aliados fiables para frenar la locura terrorista que afecta a una parte del mundo.

El 4 de febrero los muros de Roma ofrecieron un espectáculo inusual. Diseminados por la ciudad, aparecieron manifiestos anónimos con una “mala” foto del papa Francisco rodeada de comentarios en dialecto romano. Frases críticas que denunciaban algunas decisiones del pontífice, consideradas demasiado severas, contra algunos cardenales u órdenes, como la de los Caballeros de Malta. El manifiesto acababa con una pregunta dirigida directamente al papa Bergoglio: “¿Pero dónde está tu misericordia?”

Era obvio que la crítica, esta vez, procedía del interior de los muros vaticanos. Algunos han querido ver en estos manifiestos el descontento de una parte de la curia, marginada después de la renuncia de Benedicto XVI. Quien colgó los manifiestos intentaba destacar “la hipocresía” del Papa en un año dedicado, precisamente por él, a la misericordia. Bergoglio, según ellos, es un Papa autoritario y su gestión de las diferentes corrientes de la Iglesia católica poco diplomática.

Es cierto que cuando se habla de “corrientes” nos referimos, en este caso, a movimientos conservadores, abiertamente contrarios a la apertura del papa Francisco –ratificada y explicada en numerosos discursos y homilías– hacia los refugiados, inmigrantes y, sobre todo, hacia la religión islámica. Un pecado imperdonable para quien ve en los seguidores de Mahoma, en todos sus seguidores sin excepción, potenciales terroristas que encarnan el mal absoluto.

En un artículo publicado por Magdi Cristiano Allam en Il Giornale del 18 de febrero de 2017 se vertían críticas muy duras: en él se intentaba explicar al pontífice que el islam no es una religión de paz. Todo acompañado por una retahíla de episodios que demostrarían cómo la Iglesia y Europa “pudieron salvaguardar su propia identidad y civilización únicamente por el hecho de haber combatido a los ejércitos invasores islámicos en Poitiers (732), con la Reconquista (1492), en Lepanto (1571), en Viena (1638)”. En el artículo, Allam llega a la conclusión de que este Papa está “conscientemente acatando una estrategia destinada a la legitimización del islam como religión, cueste lo que cueste, incluso aunque culmine con el suicidio de la Iglesia”.

Éste es, en general, el tono de las críticas más acaloradas hacia el Papa. Un punto de vista que se sintetiza en las opiniones de un periodista católico y conservador como Antonio Socci, según el cual Bergoglio sería un Papa “ilegítimo”, como se puede leer en su libro Non è Francesco. La Chiesa nella grande tempesta. En opinión de Socci, la elección al papado de Bergoglio simplemente nunca ha tenido lugar. Para demostrarlo se basa en el artículo 69 de la Constitución apostólica “Universi Dominici gregis” que regula la vida de la Iglesia cuando el trono de San Pedro está vacante. La denuncia de Socci se fundamenta en dos violaciones ocurridas durante el cónclave que llevó a la elección de Jorge Mario Bergoglio después de la clamorosa renuncia de Benedicto XVI.

Poco importan los detalles, en este caso; pero los ejemplos mencionados y otros que se pueden encontrar en la red, demuestran la magnitud del malestar en el seno del mundo católico, sobre todo entre los nostálgicos de una Iglesia católica tradicionalista y conservadora. Son los que declaran abiertamente que esperan a un nuevo Papa.

 

Acercamiento del Papa a los musulmanes

Todo empieza, en realidad, con las críticas que el Papa dirigió al mundo de las finanzas. Su primer discurso a los embajadores apuntaba las injusticias creadas por una economía ultraliberal. Un discurso que no gustó nada en Estados Unidos, donde incluso se identificó al pontífice como a un defensor del marxismo (La Croix, 17-10-2016). Desde entonces, los críticos del Papa no han dejado de buscar aspectos ambigüos en su forma de actuar.

Una parte de los católicos interpreta la visión del Papa –y la extrema derecha traduce políticamente– como una forma “naif” de percibir y leer el mundo. Declaraciones como “si hablo de violencia islámica, tengo que hablar también de violencia católica”, hecha a los pocos días de los atentados de Niza, fue para muchos una comparación desafortunada en tiempos en los que el islam fanático saca fuerzas también de las debilidades del mundo cristiano.

Es cierto que los que critican al Papa están poco dispuestos a poner sus discursos en el contexto adecuado. Cuando Bergoglio se expresa sobre el islam es solo para no asimilarlo al extremista. Un mensaje de la máxima autoridad católica que deja las puertas abiertas a los musulmanes moderados, potencialmente un aliado fiable para frenar la locura terrorista que afecta a una parte del mundo musulmán. Una estrategia que empieza a dar resultados.

Cuando los ulemas de Marruecos publican un documento sobre la apostasía, en el cual se reconoce la libertad de cambiar de fe religiosa; o cuando la Universidad de Al Azhar difunde una Declaración sobre la ciudadanía en la que se disocian, por primera vez, los derechos civiles de la pertenencia religiosa; podemos decir que éstos no son solo “cambios”, sino que nos encontramos frente a una verdadera revolución. Una transformación profunda en la que el islam, seguramente con dificultades, intenta salir de este momento oscuro de su historia.

Esto también es mérito de las puertas abiertas que ha dejado el Papa. Evitar arrojar al mundo hacia una “guerra de religiones” habría sido imposible sin la contribución eficaz del pontífice, que ha demostrado gran coraje al seguir este camino.

En su viaje a Egipto (28-29 de abril de 2017), el papa Francisco ofreció una receta para prevenir los conflictos que acechan al mundo: la voluntad de “empeñarse a fondo para eliminar las situaciones de pobreza y de explotación, en las que los extremismos echan raíces más fácilmente, y bloquear los flujos de dinero y de armas hacia quien fomenta la violencia. Yendo a la raíz de la cuestión, es necesario parar la proliferación de armas que, si se producen y comercializan, antes o después acabarán por ser utilizadas. Con solo hacer visibles las turbias maniobras que alimentan el cáncer de la guerra, se pueden prevenir las causas reales”. Con aquellas palabras, el Papa ponía el acento en la raíz del mal, rechazando aceptar la respuesta más fácil, que la derecha política había hecho suya, identificando al islam como el enemigo número uno.

Desde su elección, el Papa insiste casi a diario en esta cuestión: los conflictos nacen de intereses pocos claros. En su homilía del 19 de noviembre de 2015 se animó incluso a decir que “estos que manejan la guerra, que hacen la guerra, son malditos, son unos delincuentes”.

Una visión firme, que nunca ha cambiado: los verdaderos responsables, según él, son los vendedores y traficantes de armas. Es evidente que un discurso de este tipo no podía gustar a quien busca respuestas simples que se traducen en votos. El populismo de algunos partidos políticos percibe el lenguaje sosegado del Papa como un síntoma de debilidad. Los hechos, sin embargo, dan la razón, esta vez también, al pontífice.

Según el SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute), instituto de investigación y observatorio sueco que monitorea el tráfico de armas internacional, el más acreditado en estos análisis, en 2016 el mundo se gastó 1.686 millardos de dólares para adquirir armamento. Una cifra que corresponde al 2,3% del PIB mundial. El volumen de transferencias internacionales de sistemas de armas ha crecido un 14% entre los quinquenios 2006-10 y 2011-15. Los cinco mayores proveedores en el periodo 2011-15 (EE UU, Rusia, China, Francia y Alemania) representan el 74% del volumen de las exportaciones. EE UU y Rusia son los mayores suministradores de armas desde 1950 y, junto con los proveedores de Europa occidental, han dominado históricamente el listado de los 10 primeros proveedores, sin que se registren señales de cambio. Estos son hechos, no opiniones.

Así son las cifras, dinero contante y sonante, las voces de los presupuestos nacionales de los países que venden y compran armas. La crítica del Papa en este sentido se convierte en una verdadera denuncia en contra de “aquellos poderosos que hablan de paz y venden armas por detrás” (La Stampa, 06-06-2015): palabras coherentes con su visión. Es el comercio de armas la causa principal de las guerras, no las religiones. ¡Más claro, el agua!

Un punto de vista que seguramente no guste a una parte de los católicos, y que resulta desagradable sobre todo para la extrema derecha. El Papa no reacciona ante los ataques que recibe, pero los jesuitas de Europa sí. En una nota publicada el 25 de octubre de 2013, la congregación de la cual el pontífice procede no utilizó medias palabras para criticar la deriva de los políticos hacia el extremismo: “Cuando la búsqueda de votos apremia más, los discursos se acercan peligrosamente al populismo… Estamos muy preocupados por la forma en que los políticos de diferentes colores se dejan influenciar por la extrema derecha”.

Por su parte, Massimo Borghesi, en un artículo publicado en La Stampa (30-04-2017), subraya que los críticos acaban utilizando cualquier argumento con tal de demoler la línea pontifical basada en el diálogo con el otro. Borghesi acusa a estos críticos de mala fe porque buscan siempre pequeños detalles, frases o palabras, sacadas de contexto, para criticar las ideas que el Papa expresa. Lo hacen, según el editorialista de La Stampa, porque se colocan en un ámbito político que desea llegar a la confrontación con el islam.

En coherencia con esta línea, hay que tener en cuenta que –a diferencia de Benedicto XVI y de su famoso discurso de Ratisbona de 2006– el papa Francisco no ha dado nunca un paso en falso mediático hacia los musulmanes. Sus discursos, sus gestos, sus palabras –basados en el rechazo a mezclar superficialmente islam y terrorismo– dan la vuelta al mundo musulmán y cosechan un entusiasmo raramente alcanzado por parte de un jefe de la iglesia católica.

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Ceuta e Melilla, cronologia di una crisi mai risolta

I fatti del 30 luglio riaprono una questione mai chiusa, mentre nel dossier entrano anche Washington, NATO e Unione Europea. E a pagare il prezzo più alto sono ancora una volta le persone

Due parole della Costituzione marocchina aiutano a capire perché ogni crisi intorno a Ceuta e Melilla finisca per diventare qualcosa di più di una questione migratoria.

Sono «حدوده الحقة», hududihi al-haqqa: i suoi «confini autentici».

L’articolo 42 della Costituzione del 2011 affida al re il compito di garantire «l’indipendenza del Paese e l’integrità territoriale del Regno entro i suoi confini autentici». Non dice quali siano. Non nomina Ceuta e Melilla. Ma la formula rimanda a una questione che accompagna il Marocco moderno fin dall’indipendenza.

Con la Spagna, Rabat ha portato avanti nel tempo diverse rivendicazioni territoriali: Tarfaya, Sidi Ifni, Sahara occidentale. Ceuta e Melilla, insieme agli altri territori sotto sovranità spagnola lungo la costa nordafricana, restano il punto sul quale le letture dei due paesi sono inconciliabili.

Per Madrid non c’è nulla da discutere: Ceuta e Melilla sono Spagna. Per Rabat la questione territoriale rimane invece aperta e viene letta nel quadro di una decolonizzazione considerata incompleta.

Non è soltanto storia. È anche geografia.

Hassan II, padre del re attuale, lo spiegava già nel 1980 con una formula destinata a diventare uno degli argomenti della diplomazia marocchina: per il sovrano era inaccettabile, dal punto di vista dell’equilibrio strategico, che «un solo Stato» potesse controllare entrambe le sponde dello Stretto. E collegava esplicitamente la rivendicazione spagnola su Gibilterra a quella marocchina su Ceuta e Melilla.

Quasi mezzo secolo dopo, la geografia non è cambiata.

È cambiato tutto quello che le sta intorno.

Marocco e Spagna sono diventati due paesi profondamente interdipendenti. Commercio, investimenti, immigrazione, sicurezza, lotta al terrorismo. Una grande comunità marocchina vive in Spagna e la cooperazione tra Madrid e Rabat è diventata essenziale per entrambi.

Ed è qui che emerge il primo paradosso.

La Spagna chiede al Marocco di collaborare al controllo di una frontiera la cui sovranità Rabat contesta. Uno dei pilastri della politica migratoria spagnola — e in parte europea — dipende dunque dalla collaborazione del paese che rivendica proprio i territori che quella frontiera delimita.

Un equilibrio che ha funzionato molte volte. Ma anche un equilibrio fragile.

Il 30 luglio quella fragilità è apparsa in tutta la sua evidenza.

In poche ore decine di migliaia di persone si sono dirette verso Ceuta. Giovani, famiglie, minori. Molti sono entrati in acqua. Madrid ha mobilitato le forze di sicurezza e l’esercito. Rabat ha poi contribuito a fermare gli attraversamenti e collaborato ai rientri. Secondo le autorità spagnole, circa 72.000 persone sono entrate a Ceuta e circa 70.000 sono successivamente tornate in Marocco.
Resta da capire perché tutto questo sia accaduto proprio in quel momento. E su questo, almeno per ora, non esiste una risposta definitiva.
C’è una spiegazione sociale: disoccupazione, disuguaglianze e mancanza di prospettive per una parte della gioventù marocchina. A questo si sono aggiunte informazioni, e false informazioni, circolate sui social network sulla possibilità di entrare facilmente a Ceuta.
C’è poi l’ipotesi politica: l’immigrazione potrebbe essere stata utilizzata come strumento di pressione contro Madrid. Il precedente del 2021 rende inevitabile la domanda, ma nel caso del 30 luglio non esistono finora elementi pubblici sufficienti per trasformare un’ipotesi in una certezza.
E c’è una terza lettura, che riguarda il Marocco stesso.
La crisi esplode nei giorni della Festa del Trono, nel momento simbolicamente più importante dell’anno politico marocchino. Le immagini di migliaia di giovani disposti a rischiare la vita per raggiungere Ceuta contrastano inevitabilmente con la narrazione di un paese in crescita, impegnato in grandi infrastrutture e in un rapido processo di modernizzazione.
Anche per questo resta aperta un’altra domanda: quanto di ciò che è accaduto va letto attraverso il rapporto con la Spagna e quanto, invece, attraverso dinamiche interne marocchine?
Intorno alla crisi sono nate anche interpretazioni geopolitiche più ampie.

Dieci giorni prima, il 20 luglio, Pedro Sánchez era stato ad Algeri. Davanti al presidente Abdelmadjid Tebboune aveva definito l’Algeria un «paese amico» e un «partner strategico», segnando una nuova fase nei rapporti tra Madrid e il grande rivale regionale del Marocco.
Poi c’è Washington.
Un rapporto della Commissione Bilancio della Camera dei Rappresentanti americana, datato 30 aprile e collegato al progetto di finanziamento del Dipartimento di Stato per il 2027, prevede almeno 40 milioni di dollari di assistenza al Marocco: 20 milioni per programmi di sicurezza e altri 20 per finanziamenti militari.

Ma subito dopo utilizza una formulazione molto più interessante politicamente.

Il documento definisce Ceuta e Melilla città «amministrate dalla Spagna» situate «in territorio marocchino», ricorda la storica rivendicazione di Rabat e sostiene gli sforzi del Segretario di Stato per incoraggiare un dialogo diplomatico tra Marocco e Spagna sul loro «status futuro».

Non significa che gli Stati Uniti abbiano riconosciuto la sovranità marocchina su Ceuta e Melilla. Non è così. Si tratta del rapporto della Commissione Appropriations della Camera, non di una modifica formale della posizione americana.

Ma il dato politico resta: un linguaggio molto vicino alla tradizionale rivendicazione marocchina è entrato in un documento ufficiale del Congresso degli Stati Uniti.

E soprattutto vi è entrato tre mesi prima della crisi.

La coincidenza ha inevitabilmente alimentato anche le interpretazioni di chi legge quanto accaduto a Ceuta nel quadro delle difficili relazioni tra Pedro Sánchez e Donald Trump. Ma, allo stato attuale, non esistono prove pubbliche che permettano di collegare Washington agli avvenimenti del 30 luglio. La suggestione geopolitica non può essere confusa con un fatto.

Anche la NATO entra inevitabilmente nel dibattito. La posizione di Ceuta e Melilla rispetto alla garanzia di difesa collettiva è da tempo oggetto di discussione, anche per la delimitazione geografica contenuta nell’articolo 6 del Trattato Atlantico. Madrid insiste sul principio di una sicurezza dell’Alleanza «a 360 gradi». In Spagna è inoltre tornata la richiesta di rendere più esplicita la protezione delle due città.

E poi c’è l’Unione Europea.

Ceuta e Melilla sono territorio spagnolo e quindi parte dell’Unione, pur con uno status particolare. Per Bruxelles rappresentano anche una frontiera esterna. Dopo la crisi, i ministri dell’Interno europei si sono riuniti d’urgenza.

Ma anche qui ritorna lo stesso paradosso: per proteggere quella frontiera, Spagna ed Europa hanno bisogno della collaborazione del Marocco, il paese che ne contesta la sovranità.

Si può discutere di NATO, sicurezza europea, migrazioni, Washington e nuovi equilibri nel Mediterraneo. Si può continuare, come Madrid e Rabat hanno fatto per decenni, a mettere tra parentesi la questione territoriale per salvaguardare una relazione troppo importante per entrambi.

Ma la geografia resta quella che è.

Ceuta e Melilla si trovano sulla costa africana. Per la Spagna sono parte integrante del territorio nazionale. Per il Marocco rappresentano una questione di integrità territoriale ancora aperta. Due posizioni opposte che settant’anni di diplomazia hanno consentito di gestire, non di conciliare.

E forse è questo che il 30 luglio ha riportato alla superficie.

Ma c’è un’ultima contabilità, più importante di quella geopolitica.

Quella delle vite.

Almeno 75 persone sono morte durante la crisi, secondo l’ultimo bilancio comunicato dalle autorità. Molte sono annegate tentando di raggiungere Ceuta. Centinaia di minori sono rimasti dall’altra parte della frontiera, mentre in Marocco alcune famiglie continuano a cercare figli e parenti di cui hanno perso le tracce.

Probabilmente quelle persone non sapevano nulla dell’articolo 6 della NATO. Non avevano letto la Costituzione marocchina né il rapporto del Congresso americano. E difficilmente pensavano agli equilibri strategici dello Stretto mentre entravano in acqua.

Cercavano semplicemente di arrivare dall’altra parte.

È forse questa l’unica certezza di una crisi ancora piena di domande: gli Stati possono discutere per decenni di confini, sovranità e geopolitica. Ma quando quelle frontiere diventano terreno di scontro, il prezzo più alto continua a essere pagato dalle persone.

Zouhir Louassini

Rainews 24 (06/08/2026)

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La guerra ha parlato, ora bisogna ascoltare la pace

Perché senza una visione di pace, il mondo continuerà a passare da una guerra all’altra, da una tregua fragile a una nuova esplosione, senza mai uscire davvero dalla propria prigione

Zouhir Louassini. Rainews 17-06-2026

Negli ultimi anni il mondo ha vissuto dentro una lunga illusione: che la guerra potesse risolvere ciò che la politica non riusciva più a governare. Dall’Ucraina al Medio Oriente, da Gaza al Libano, fino allo scontro diretto tra Stati Uniti e Iran, si è ripetuta la stessa promessa: un colpo decisivo, una pressione militare sufficiente, una vittoria capace di cambiare definitivamente i rapporti di forza.

Ma dopo anni di distruzioni, morti, sfollamenti, crisi energetiche e diplomazie interrotte, una domanda si impone con forza: quale guerra ha davvero risolto qualcosa?

La guerra tra Russia e Ucraina doveva, nelle intenzioni di Mosca, ridefinire rapidamente gli equilibri strategici dell’Europa orientale. È diventata invece una guerra lunga, logorante, costosa, senza una vera soluzione politica. La Russia non ha ottenuto una vittoria definitiva. L’Ucraina non ha potuto riconquistare interamente il proprio territorio. L’Europa ha scoperto la propria vulnerabilità strategica. Gli Stati Uniti hanno dovuto sostenere un impegno enorme. Il risultato è un continente più armato, più diviso, più insicuro.

Anche in Medio Oriente, la logica della forza ha mostrato tutti i suoi limiti. La guerra di Israele contro Hamas ha prodotto devastazione immensa a Gaza, ma non ha cancellato la questione palestinese. Ha colpito duramente Hamas, ma non ha risolto il problema politico da cui Hamas stesso trae parte della propria forza: l’assenza di uno Stato palestinese, la frustrazione di un popolo, la mancanza di un orizzonte credibile. Una guerra può distruggere tunnel, arsenali, quartieri interi. Ma non può distruggere da sola una domanda di giustizia, di dignità, di riconoscimento.

Lo stesso vale per Hezbollah e il Libano. Israele può colpire depositi, comandanti, infrastrutture militari. Hezbollah può rispondere con razzi e attacchi. Ma alla fine il sud del Libano resta instabile, Israele resta sotto minaccia, il Libano resta ostaggio di equilibri regionali più grandi di lui. Nessuno vince davvero. Tutti restano prigionieri della prossima esplosione.

Poi è arrivato lo scontro tra Stati Uniti e Iran. Anche qui, la guerra sembrava presentarsi come una scorciatoia: colpire, piegare, costringere l’avversario a cedere. Ma alla fine, dopo settimane di tensione e il rischio di una crisi energetica mondiale, si torna comunque a un memorandum, a una trattativa, a un tavolo negoziale. È forse questa la lezione più evidente: anche quando la guerra sembra inevitabile, alla fine deve lasciare spazio alla politica. Il problema è che spesso lo fa dopo aver prodotto distruzioni che si potevano evitare.

Il punto non è negare il diritto alla difesa. L’Ucraina ha diritto a difendersi dall’aggressione russa. Israele ha diritto alla sicurezza. I palestinesi hanno diritto a vivere liberi dall’occupazione e dalla devastazione. Gli Stati hanno il diritto di proteggere i propri cittadini. Ma il diritto alla difesa non può trasformarsi in una religione della guerra permanente. La sicurezza, quando non è accompagnata da una visione politica, diventa solo amministrazione della paura.

La vera domanda, oggi, non è se la guerra possa talvolta essere necessaria. La vera domanda è: può la guerra essere una strategia sufficiente? Gli ultimi anni sembrano rispondere di no. La guerra può fermare un’avanzata, indebolire un nemico, modificare temporaneamente un equilibrio. Ma non costruisce fiducia, non crea istituzioni condivise, non riconcilia popoli, non produce futuro.

In Ucraina, prima o poi, si dovrà discutere di garanzie di sicurezza, confini, ricostruzione, rapporti tra Russia ed Europa. A Gaza, prima o poi, si dovrà tornare alla questione politica palestinese. In Libano, prima o poi, si dovrà affrontare il nodo dello Stato, delle milizie e della sovranità. Con l’Iran, prima o poi, si dovrà parlare di nucleare, sanzioni, sicurezza regionale e ruolo delle potenze esterne.

Questo “prima o poi” è il vero fallimento della politica contemporanea. Perché quasi sempre arriva tardi. Arriva dopo i cimiteri, dopo le città distrutte, dopo milioni di profughi, dopo economie devastate, dopo generazioni traumatizzate.

La pace, invece, continua a essere trattata come un’ingenuità. Chi parla di pace viene spesso accusato di debolezza, di idealismo, di non capire la realtà. Ma forse è vero il contrario: oggi è proprio la guerra permanente a essere diventata la grande illusione. L’idea che si possa bombardare un problema fino a farlo sparire è una delle più pericolose semplificazioni del nostro tempo.

La pace non è buonismo. Non è resa. Non è dimenticare le responsabilità. La pace è una costruzione politica difficile, spesso più difficile della guerra. Richiede coraggio, compromessi, garanzie, memoria, giustizia possibile e non solo vendetta. Richiede leader capaci di pensare oltre il giorno dopo, oltre il sondaggio, oltre la pressione dei falchi.

Forse è arrivato il momento di rovesciare la domanda. Non più: “Chi ha paura della guerra?”. Ma: “Chi ha paura della pace?”. Perché la pace obbliga a immaginare un ordine diverso. Obbliga a riconoscere l’esistenza dell’altro. Obbliga a rinunciare alla comodità del nemico assoluto. Obbliga a costruire, mentre la guerra permette solo di distruggere e rimandare.

Le guerre degli ultimi anni hanno parlato abbastanza. Hanno dimostrato la loro potenza distruttiva, ma anche la loro povertà politica. Hanno mostrato che si può vincere una battaglia e perdere comunque il futuro. Hanno confermato che nessuna regione può vivere indefinitamente dentro la logica dell’assedio, della rappresaglia e della vendetta.

Ora bisogna avere il coraggio di ascoltare un’altra logica: quella della pace. Non come sogno astratto, ma come necessità storica. Perché senza una visione di pace, il mondo continuerà a passare da una guerra all’altra, da una tregua fragile a una nuova esplosione, senza mai uscire davvero dalla propria prigione.

La guerra ha avuto il suo tempo. Ha promesso soluzioni e ha prodotto nuovi problemi. Se vogliamo evitare che il futuro sia soltanto la ripetizione più tecnologica delle tragedie del passato, bisogna tornare a pensare la pace non come una pausa tra due guerre, ma come il vero progetto politico del nostro tempo.

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Da Suez 1956 a Hormuz 2026: quando le rotte ridisegnano il potere globale

Dalla crisi del Canale di Suez alle tensioni nello Stretto di Hormuz, il controllo dei passaggi strategici torna centrale. Ma oggi la sfida si gioca sempre più sul terreno economico e finanziario, tra ruolo degli Stati Uniti e avanzata della Cina.

Rainews (07-04-2026).

Nel 1956, durante la Crisi di Suez, il controllo di un passaggio strategico come il Canale di Suez si trasformò in uno spartiacque geopolitico. La nazionalizzazione decisa da Gamal Abdel Nasser provocò un intervento militare di Francia, Regno Unito e Israele, ma il vero esito della crisi non fu determinato sul campo. Furono gli Stati Uniti a imporre lo stop, anche attraverso leve finanziarie, segnando il ridimensionamento definitivo delle potenze europee e l’inizio di un nuovo equilibrio internazionale.

A distanza di quasi settant’anni, le tensioni attorno allo Stretto di Hormuz riportano al centro un nodo simile: la sicurezza delle rotte energetiche e il controllo dei flussi globali. Una quota significativa del petrolio mondiale transita da questo stretto, rendendolo uno dei punti più sensibili del sistema economico internazionale.

Come nel caso di Suez, il rischio immediato è quello di un’escalation militare. Ma il livello più profondo della crisi riguarda la dimensione economica e finanziaria. Il controllo delle rotte non si traduce soltanto in influenza strategica, ma incide anche sul sistema con cui questi flussi vengono regolati, a partire dalla centralità del dollaro nelle transazioni energetiche.

Gli Stati Uniti restano il principale garante della sicurezza marittima nella regione e mantengono una superiorità militare che non ha equivalenti. Tuttavia, mentre Washington presidia lo spazio strategico, un altro attore consolida la propria posizione sul piano economico: la Cina guidata da Xi Jinping.

Negli ultimi anni, Pechino ha rafforzato i rapporti commerciali con i Paesi del Golfo, ha investito in infrastrutture e ha avviato accordi energetici che, in alcuni casi, prevedono l’uso di valute alternative al dollaro. Si tratta di un processo graduale, ancora limitato nei numeri, ma significativo nella direzione. L’obiettivo non è sostituire nell’immediato il sistema esistente, quanto piuttosto diversificarlo.

In questo quadro, le tensioni nello Stretto di Hormuz rischiano di avere un effetto che va oltre la sicurezza energetica. Le crisi prolungate tendono a spingere i Paesi coinvolti a cercare strumenti alternativi per ridurre la dipendenza da un’unica valuta o da un unico sistema finanziario. È in questo spazio che la strategia cinese può trovare margini di crescita.

Il parallelo con Suez aiuta a leggere questa dinamica. Nel 1956, il confronto su un’infrastruttura strategica accelerò un cambiamento negli equilibri globali. Oggi, le tensioni su Hormuz potrebbero contribuire a una trasformazione più graduale ma altrettanto rilevante: quella di un sistema economico internazionale meno centrato su un unico attore e su una sola valuta.

Non si tratta di un passaggio immediato. Il dollaro resta il principale punto di riferimento per i mercati globali, sostenuto dalla profondità finanziaria degli Stati Uniti e dalla fiducia internazionale. Ma i segnali di una progressiva diversificazione sono sempre più evidenti.

In questo contesto, la competizione tra potenze assume una forma diversa rispetto al passato. Accanto alla dimensione militare, resta centrale quella economica e finanziaria. E, come già accaduto in passato, il risultato finale potrebbe dipendere meno dagli sviluppi sul terreno e più dalla capacità di influenzare le regole del sistema globale.

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Zouhir Louassini

Giornalista e scrittore. Dottore di ricerca in Studi Semitici (Università di Granada, Spagna). Lavora a Rai News dal 2001. Editorialista su “L’Osservatore Romano” dal 2016 al 2020. Visiting professor in varie università italiane e straniere. Ha collaborato con diversi quotidiani e siti arabi, tra cui Hespress, al-Hayat, Lakome e al-Alam.
Ha pubblicato vari articoli sul mondo arabo in giornali e riviste spagnole (El Pais, Ideas-Afkar).
Ha pubblicato Qatl al-Arabi (Uccidere l’arabo) e Fi Ahdhan Condoleezza wa bidun khassaer fi al Arwah (“En brazos de Condoleezza pero sin bajas”), entrambi scritti in arabo e tradotti in spagnolo.
Ha Collaborato con Radio BBC arabic, Medi1 (Marocco).

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